Ilustración de José Bielsa

¿ADÓNDE VAN LOS AVIONES?



A veces sigo preguntándome adónde van los aviones. Cuando veo una uñarada brillante que rasga el cielo, ascendiendo hacia el azul, me acuerdo de la pregunta de Óscar: “¿Adónde irá ese avión?”. La pronunciaba cada vez que veíamos un avión, como una señal indicando el futuro. Aquel año en que se forjó nuestra amistad, Óscar no dejaba de soñar con viajes que le permitieran conocer otros mundos. Siempre estaba hablando de ir a Praga o a Munich; le fascinaba Europa, quería recorrérsela entera. Acumulaba información, mapas, reportajes, folletos del Interrail y planificaba itinerarios. Su sueño era irse a vivir a Londres. “Porque es muy gris, porque siempre llueve”, decía. A Óscar le encantaba la lluvia. Insistía en que le animaba y, aunque Rebeca y yo no lo entendíamos, con él aprendimos a disfrutar de los aguaceros, a alegrarnos cada vez que llovía. Cuando había tormenta, en verano, Óscar salía a la calle, a mojarse. A empaparse de naturaleza, repetía. A contracorriente. “¿Adónde irá ese avión?”, preguntaba, señalando el cielo. Rebeca y yo seguíamos su dedo y los tres nos permitíamos soñar.
Óscar, Rebeca y yo formamos un equipo sólido e indestructible durante aquel memorable año de COU. Nos supimos especiales, elegidos, únicos. Con ellos descubrí que hay noches que valen por toda una vida y aprendí que la única amistad que perdura es la que consigue construir un mundo propio e infranqueable para los extraños. Tejimos una amistad vedada a los demás, hilada de complicidades musicales y literarias, de guiños y bromas sólo nuestras, de secretos e intimidades de las que todos los demás estaban excluidos. Óscar  y Rebeca  fueron los dos pilares a los que me aferré para intentar construirme a mí misma, dos iguales con los que me sentía realmente como quería ser. No eran una meta a alcanzar, como Miguel; ni enemigos de los que defenderse, como casi todos los compañeros del colegio; ni amigos de conveniencia como los de la sierra.
Sigo sin entender qué pasó y no dejo de preguntarme cómo dejamos que pasara. Y por qué no hicimos nada después.
Desde el futuro las cosas se ven más claras. Pero eso no quiere decir que se entiendan mejor. O que se entiendan, sin más.
No he vuelto a tener amigos como ellos.


11 DE MARZO DE 2004

"Echo de menos Madrid. La cercanía de la playa, el olor a mar y una casa con jardín no son méritos suficientes para hacerme amar esta ciudad a la que no pertenezco. Aprecio las ventajas de su tamaño mediano, el ahorro de tiempo en los desplazamientos cotidianos y la posibilidad de recorrerla caminando para llegar a cualquier sitio con rapidez, pero me muevo por sus calles con distancia de turista, con el desapego de quien se sabe de paso. Qué le voy a hacer si yo nací en Madrid, y no en el Mediterráneo. Mi niñez no juega en una playa, ni siquiera en una acera, sino en un patio de colegio y en los columpios del Retiro. Mis veranos no huelen a sal ni a brea, sino a cloro de piscina y a césped recién cortado, a pino y a barbacoa en un pueblo serrano, al pie de una montaña, con un pantano que nunca me hizo desear otro mar.

 Añoro el ruido de Madrid. Pitidos, frenazos, ambulancias, semáforos que pían al ponerse en verde, gente que habla a gritos. Una algarabía que ahora me falta, que siento como un vacío en mis oídos. Aquí a los madrileños nos reconocen porque alzamos la voz, protestamos, exigimos rapidez y perfección en todo. Llevamos la prisa adherida a la piel y ni el agua salada logra agrietar esa impaciencia. Dicen que el once de marzo de 2004 lo peor fue el silencio de la ciudad. Madrid, siempre tan bulliciosa, calló. Conmocionada, se quedó sin voz durante unas horas y sólo el ulular de las ambulancias rompió la quietud de una ciudad en silencio. A la espera. Sin fuerzas para gritar, con la angustia atravesando las calles de punta a punta y la náusea en la boca del estómago. La muerte pasa en ambulancias blancas, pongamos que hablo de Madrid. Sabina no acertó. Ese día la muerte viajaba en vagones de tren y durante unas horas atravesadas el aterrador sonido de las ambulancias transportó atisbos de esperanza, de vidas que aún podían salvarse. Fue el ruido contra el silencio de la muerte. 

 Eso dicen. Ese once de marzo yo sólo era capaz de dormir. Lo único que deseaba era cerrar los ojos para olvidar, quedarme bajo las sábanas para no enfrentarme a la vida. Con mis padres de viaje, sola en casa, pude permitirme jugar a desaparecer. Descolgué el teléfono y apagué el móvil. No quería saber nada de un mundo que no me trataba todo lo bien que yo esperaba. Con las persianas bajadas, las ventanas y las puertas cerradas, no me enteré de lo que sucedía a no más de un par de kilómetros de mi propia casa. No sentí las bombas. Los vecinos dicen que las paredes temblaron con la explosión de la calle Téllez. Pero yo no me desperté hasta bien entrada la tarde, no encendí la televisión, no hablé con nadie, no miré a la calle, no oí las ambulancias. Algunas ciudades, en determinados momentos, son como desiertos. Uno permanece aislado y solo. Encerrado en una habitación que equivale a no estar. Encapsulado en un espacio y lejos de todo. Aunque las paredes ofrezcan la narración sonora y pormenorizada de la cotidianeidad de los vecinos, ese rumor acaba por hacerse eco y dejamos de prestarle atención. No me enteré de lo que pasó hasta el día siguiente. Ese viernes doce de marzo salí a la calle a mojarme y a llorar por otros, después de días de hacerlo sólo por mí, tras recibir la llamada de Rebeca el 29 de febrero."

B.S.O.: PURPLE RAIN_Prince


"Los lugares son sólo lo que ponemos en ellos. Los deseos, expectativas o vivencias volcados en el aire es lo único que los hace especiales. Durante la adolescencia íbamos siempre a los mismos sitios los fines de semana: los mismos bares, las mismas discotecas. Siempre creí que eran los locales los que decidían el signo de una noche. Cuando cerraron Jácara, mi mejor amiga y yo nos desesperamos porque nos habían arrebatado el único lugar del mundo en el que pensábamos que podían suceder las cosas que más deseábamos. Al viernes siguiente hacíamos cola en Pachá y, aunque echábamos de menos más canciones españolas, pronto nos acostumbramos a escuchar la banda sonora de nuestras emociones en inglés y a apurar los besos bajo los compases de Purple Rain. Al año siguiente ella cambió de colegio y yo no volví a Pachá. Y tampoco pasó nada."


B.S.O.: NO ES AMOR _ LOS SECRETOS



"Sé que Víctor nunca va a enamorarse de mí. Nuestra relación me recuerda a una canción de Los Secretos: Has visto demasiadas películas rosadas y te lo has llegado a creer / qué esperas de la vida, ya no eres esa cría, sólo queda lo que ves / tu príncipe soñado ya viene retrasado y mi oferta sigue en pie / Ya sé que no es amor, pero está bien. / No esperes ahí sentada o soñando con la almohada, todo te salió al revés./ Ya sé que no es amor, pero está bien.
A veces pienso que Enrique Urquijo la escribió sólo por mí. Soñaste tantas bodas y despertaste en todas tan sola al amanecer / qué quieres que te diga la noche se hace fría y no para ningún tren / Aquella vieja almohada y mis manos en tu espalda es lo que te puedo ofrecer / ya sé que no es amor, pero está bien.
Espero algo más, también en el amor. Conocer a alguien, volver a enamorarme, que se enamoren de mí. Jugar a la seducción, sentir burbujas en el estómago y escalofríos en la piel. Pasión, sexo salvaje. Parece mentira. Seguir creyendo en estas cosas, seguir esperando que pasen. Caer en la trampa del imaginario sentimental de teleserie juvenil o de protagonista de comedia romántica con el que he crecido y tener fe en que algo bueno me puede pasar en cualquier momento". 


B.S.O: JOAN MANUEL SERRAT

"Al final nunca pasa nada o pasa todo hasta que se vuelve nada. Todo pasa y todo queda pero lo nuestro es pasar. Descubrí a Machado por las canciones de Serrat. Serrat forma parte de mi infancia como los bocadillos de Nocilla o Verano Azul."

 

"Mi madre tenía un magnetofón antiguo en el que grababa canciones mientras me hacía callar llevándose el dedo a los labios. Se quedaba muy quieta, escuchando la música, y yo no entendía por qué se ponía tan triste, así que la abrazaba. Ella me pasaba un brazo por los hombros y me estrechaba con fuerza debajo de su axila. Yo sentía que me asfixiaba y me zafaba como podía, corriendo por el pasillo hasta mi habitación. Unos años después era yo la que lloraba oyendo cintas en el walkman. Qué va a ser de ti lejos de casa, nena qué va a ser de ti. Canciones que también nos acompañaban en el coche, en aquellos viajes a ciudades como Salamanca o Córdoba que a mí me parecían lejanas y exóticas."

 

LOS PATOS DE CENTRAL PARK CELEBRAN SU PRIMER AÑO



Hace un año que Los patos de Central Park llegaron a las librerías.

En estos meses la novela ha ganado lectores y amigos.

Gracias a todos.

Este aniversario es oportuno para recordar las palabras que el escritor Antonio Gómez Rufo dedicó a la novela en la presentación.




"LOS PATOS DE CENTRAL PARK es una primera novela que no parece una primera novela. Una novela necesita atrapar para conmover, y Marina ha demostrado conocer esos resortes para emocionar desde una literatura perfectamente correcta y un lenguaje preciso que no deja espacio para concesiones a los convencionalismos ni los lugares comunes. Creo que ha descubierto el truco y nos lo muestra sin pudor en la página 8, en donde podemos leer: "Los lugares son sólo lo que ponemos en ellos".  Y como los libros también son lo que en ellos ponemos, Marina ha escrito lo que quería transmitir a sus lectores de una manera honesta, limpia y sin artificios.

Hay una vieja novela, El príncipe negro, de Iris Murdoch (la escritora irlandesa que la publicó en 1973), que me vino a la memoria mientras leía Los patos de Central Park. Ahora creo que fue porque, como en aquella, en esta novela se utiliza a los personajes como carga simbólica del protagonista, de la protagonista en el libro de Marina, y porque también la melancolía lo preside todo, esa sensación compuesta por emociones, recuerdos y nostalgias.  

Porque en esta novela se describe un viaje hacia fuera y un viaje hacia dentro. Desde el pasado al presente y del presente al futuro. Es, en definitiva, la búsqueda de un futuro, dejando atrás un tiempo descrito como feliz, pero que es un autoengaño porque en realidad no lo fue.

El pasado de Marina, al menos el pasado reciente, no fue feliz. Por eso ha sabido acertar a la hora de escribir esta novela. Y por eso nos alegramos doblemente: porque ese pasado quedó atrás y porque ahora conocemos a una mujer mucho más completa y, estoy seguro, también mucho más feliz".


RESEÑA DE CARE SANTOS EN EL CULTURAL




Reseña de Care Santos en El Cultural de El Mundo.


"Una novela puede inspirar una amistad o un asesinato. Esa es la verdad, discreta, que revela esta novela, cuya treintañera protagonista descubre que El guardian entre el centeno, de Salinger, que para ella significó la puerta de acceso a la mejor amistad -y la mejor temporada- de su vida, también fue la inspiración del asesino de John Lennon. La vida, parece decir la protagonista, es un arma de doble filo. También los recuerdos.

En estas páginas, intimistas, descarnadas, poéticas, de su primera novela, Marina Fernández (Madrid, 1974) nos propone un hermoso viaje a través de los recuerdos. Tiene mucho de generacional, pero se adivina tejido con mimbres autobiográficos. Diana, la narradora, pasa revista a las relaciones que más hondo han calado en su vida: el amor nunca olvidado de Miguel y la amistad a tres bandas con Rebeca y Óscar, que reaparece en la edad adulta, reconvertida en memoria dolorosa.

Diana pertenece a una generación que creció viendo Barrio Sésamo, Verano Azul y las películas Disney. La misma que al llegar a la madurez debe enfrentarse a un abismo y una desazón similares a los de Holden Caulfield, el protagonista de la omnipresente novela de Salinger, preguntándose sin cesar -y encajando la falta de respuestas- qué hay más allá, dónde está el que vela por nosotros, a dónde van los patos de Central Park en invierno, cuando se hiela el lago."