"LOS PATOS DE CENTRAL PARK de MARINA FERNANDEZ BIELSA es una novela que reúne todo lo necesario para disfrutar de la buena literatura, es una novela fácil de leer, fresca, bella, con la que nos podemos sentir identificados una generación que crecimos con verano azul, barrio sésamo, Disney, etc, pero sobre todo es una novela que habla de la vida, de la vida de Diana, que podría ser la vida de cualquiera de nosotros.
Primera novela de su autora y no se podía haber estrenado mejor...Gracias a Antonio Gómez Rufo que la recomendó en el periódico el día del libro, gracias a él he disfrutado de esta historia que era justo la que necesitaba en estos momentos en los que la "nostalgia" es el protagonista de mí película.
Ojalá os animeis a leerla muchos porque la vais a disfrutar y porque su autora se merece al menos tanto éxito como calidad tiene la novela, y ya digo de antemano que es muy alta."
Diana es una joven que cuando conecta con alguien con el que comparte inquietudes, gustos y obsesiones literarias fuera de lo común, su emoción inicial se ve frenada por una desconfianza que se vuelve desasosiego si esa persona se interesa por ella en aspectos extraliterarios (Pág. 26), ya que inmediatamente piensa en Mark David Chapman, el asesino de John Lennon, quien, como ella, veneraba la novela de J.D. Salinger “El guardián entre el centeno” y adoraba a su antihéroe, Holden Caulfield, ese mismo que descubre que no hay ningún guardián que nos salve del abismo que se extiende tras el campo de centeno. Y que es necesario atravesarlo para crecer, aunque crecer signifique vagar (Pág. 24-25).
Pues yo he sentido esa especie de desconfianza al conectar, desde la segunda página, con la novela de Marina Fernández Bielsa, no por que, como su personaje, creciese en los 70 del pasado siglo, que me tocó hacerlo un poco antes, pero sí por que leí esa novela, me pregunté dónde iban los patos de Central Park en invierno y no tuve más remedio que ver las series Marco, Vikie el Vikingo, Mazinger Zeta, Orzowei, La casa de la pradera y otras que nos marcaron.
Nuestros caminos, afortunadamente, se separaron cuando ella reconoce que nació en Madrid y no en el Mediterráneo. Por eso ella sabe que en la ciudad con playa, donde ha encontrado trabajo como periodista, no encontrará lo que está buscando (Pág. 16).
Marina Fernández Bielsa ha escrito, en efecto, un libro intimista y reflexivo, en primera persona, muchas veces casi un monólogo, compartido otras con la lectura de sus propios diarios, de las cartas que escribió o que recibió, de los correos electrónicos, o de los SMS; un libro, que conectará con el lector o lectora que haya crecido con aquellas series, o con Barrio Sésamo, o con la primera emisión de Verano Azul; con las viejas canciones- ya de color gris- de Ismael Serrano, de Radio Futura, de Ismael Serrano, o de los inevitables Joaquín Sabina y Juan Manuel Serrat.
Un libro de esa generación mileurista y engañada acerca de sus posibilidades. Que se iban a comer el mundo y el mundo acabó por devorarlos (Pág. 8), no se trata de esta generación perdida que ahora lucha por encontrar su lugar alrededor del movimiento 15M, no. Más bien eso a quienes “creo”, “quizá” y “tal vez” son las expresiones que mejor les definen (Pág. 9).
La protagonista siente que toda esa vida de la que tanto espera en la ciudad con playa se le desmorona cuando Rebeca, tras ocho años de silencio, le habla de un accidente del que no habría querido enterarme nunca (Pág. 32). Entonces los recuerdos regresan como lápidas al presente, y se ve obligada a crecer, como Holden Caulfield, con diez años de retraso.
Óscar y Rebeca, su inquebrantable primera amistad, que no soportó los golpes de la vida; la relación casi destructiva que mantiene con Miguel, o con Víctor, todo viene al momento presente, cuando, ahora sí empieza a saberlo, desde el futuro las cosas se ven más claras (Pág. 24).
La novela de Fernández Bielsa es también un libro de esa soledad de los adioses inevitables, adioses a las ilusiones, a las esperanzas. Por que, cuando ya te sabes las respuestas de la vida, te cambian las preguntas (Pág. 88). De asumir el fin de los sueños adolescentes, como comentaba antes, aunque sea con diez años de retraso (Pág. 94).
A Marina Fernández Bielsa, que ha escrito una novela que se llama “Los patos de Central Park” y es estupenda, con una de las mejores frases que he leído últimamente: “Qué le voy a hacer si yo nací en Madrid y no en el Mediterráneo. Mi niñez no juega en una playa, ni siquiera en una acera, sino en un patio de colegio y en los jardines del Retiro”. Una novela llena de recuerdos generacionales: canciones, series de televisión, libros… Y me sorprende tener una docena de años más que ella y reconocerlos todos: Verano Azul, y si esta noche quieres ir a bailar vete poniendo el disfraz de pecadora…, Tokio ya no nos quiere… O cambiamos poco o ella los ha escogido tan bien que da igual la edad que tengas para identificarte y entender su historia.
Aunque siempre lo intuí he necesitado leer este libro para confirmar, aseverar y asumir que pertenezco a la generación de los cautivos. Da igual que la autora sea algunos años más joven que yo,da igual que en esta novela de confirmaciones y frases hermosa exista un párrafo casi al final que hubiera podido destrozar la novela("A mis treinta años ya tengo asumido que la vida es una ladrona. Y una traidora. Maquina injusticias que se sirven frías, mezcladas con clavos de derrota que no queda más remedio que tragar, aunque desgarren la garganta y se claven cerca del corazón o queden atravesados en el estómago, como una mala úlcera que acaba sangrando con cada nuevo sinsabor. Dicen que el amor llega sin avisar. Pero también la traición y la injusticia. Y la verdad...") desde el 68 hasta el 75 todos somos hijos de esa generación de cautivos de la que hablaba más arriba. Somos cautivos del pasado, de todas las canciones que descubrimos o nuestros hermanos mayores nos regalaron. De algunas series de televisión, del futuro que le ofrecían a nuestros ojos infantiles, de un montón de frases literarias que parecían revelarnos los intringulis de la vida entera. Somos los hermanos menores de los primeros robots catódicos, los hermanos mayores de aquella niña a la que el destino subía hasta lo más alto de la montaña. Somos también los hijos bastardos del futuro y de eso va esta novela que confieso que nunca habría comprado de no ser por la explícita referencia de su título a mi venerada novela de Salinger. Yo aún sigo esperando la respuesta a la incognita, aunque como la autora, también finja haber cambiado algunas preguntas. Me alegro de haber encontrado esta historia, me alegro de haberla leído, me alegro de pertenecer a la generación a la que pertenezco, me alegro de seguir esperando al futuro y sobre todo me alegro de serle fiel a mi pasado, a sus manos y a las manos de todos aquellos que tan generosamente me cuidaron para que llegara lo más intacta posible al futuro. Sin duda hay que darle las gracias a la autora que ha sabido y ha querido contar lo que somos, todos sabemos que los secretos generacionales son a veces una losa muy pesada y que no todos los escritores tiene los músculos lo suficientemente tonificados para llevar a cabo esta empresa. Para mí es ya uno de los imprescindibles. Una autopsia con la mesa limpia después de cada incisión. Hay mucha sangre en cada movimiento, pero Marina Fernández Bielsa sabía que dejar que la sangre de los distintos órganos vitales se fueran mezclando sobre la mesa de operaciones hubiera sido un gravísimo error para la historia. Una estupenda primera novela. Me apunto el nombre de la autora. Tiene pinta de volver a darme lo que necesito cuando me siento a leer.
Reseña con banda sonora propia. Esta canción tiene mucho que ver con Diana. La letra es de Ismael y Daniel Serrano, que estuvo en la presentación de la novela y escribió esto después de leerla. Porque la vida tiene círculos azarosos sorprendentes.
Cenizas del paraíso, el lento crepitar de los atardeceres de verano en la Sierra, leche de pantera y vespinos y chicles de fresa ácida, HoldenCaulfield, Demian, los rebeldes de Coppola, dar cera/pulir cera, esta tontería llamada amor,la discoteca, lugar sagrado de iniciáticas atrocidades, el primer beso sabe a caramelo y a whisky, y si te vuelvo a ver pintar un corazón de tiza en la pared, Duncan Dhu, U2, purple rain,el viejo vinilo de las tardes de lluvia, qué va a ser de ti lejos de casa, nena, qué va a ser de ti, Paul Auster, Loriga, Tokyo ya no nos quiere, sostiene el apuesto literato, Bill Murray asiente en una melancolía infinita de rascacielos apagados, y aún más, las Converse AllStar rojas, el Superpop, la raya blanca de un avión en el azul del cielo,More thanthis musita Brian Ferry situado al borde de un skyline nocturno que es puro Nueva York en sueños.
Dulce pájaro de juventud.
Adoro ponerme cursi.
Somos incorregibles. Profesamos un irreprimible afán nostálgico y, sin que venga a cuento, sacamos las viejas fotos del cajón, fotografías con la fósil gravidez del papel, y nos empleamos a fondo en una arqueología de colores satinados y siempre acabamos añorando el hielo rosa radiactivo de aquellos polos cargados de colorante y reescribiendo en secreto el poema que iniciamos a boli en el cartón amarillo del interior de una carpeta .Cuandoel futuro era 3º de Bup.
Pues bien, así somos y Marina Fernández Bielsa es uno de los nuestros y todas esas referencias con las que he arrancado esta confesión de lector disperso son referencias que hallamos en Los patos de Central Park.
¿Y qué es Los patos de Central Park? Una bonita historia de amor y adolescencia. O de desamores cruzados y finales de trayecto.
Marina Fernández Bielsa ha escrito una novela de enorme potencia evocadora. Con Los patos de Central Park penetramos en ese territorio de los recuerdos que tanto se suele transitar cuando la vida se detiene, cuando (como le ocurre a la protagonista del relato) da la impresión de que estamos haciendo una escala extraña en un larguísimo viaje transoceánico hacia no se sabe dónde.
Y, además, el libro está bien escrito y tiene una agilidad envidiable y no se pierde en manierismos como los que tanto se enredan a los dedos de este lector disperso, e incluye fragmentos como el que sentencia: “…sabernos supervivientes. Eso ya es algo”. Sí, eso ya es algo. Me gusta.
Tan solo una objeción (permítaseme la impertinencia): el retrato en negro de Rebeca. Resulta un tanto impostado tal personaje, la bruja necesaria que demuestra lo mal que sienta cumplir años a quienes renuncian a demasiadas cosas.
Apenas un pecado venial en cualquier caso, porque Los patos de Central Park, relato de una mujer en crisis a punto de atravesar la frontera de los treinta años, es una novela de lo más apetecible, una lectura que se goza a toda velocidad.
Sobre todo, confesémoslo, para aquellos que disfrutamos haciendo inventario generacional y todavía nos regalamos a media tarde la tropelía cruentamente engordante de un phoskitos que nos devuelve a otro tiempo, a otro lugar.Cuanto el futuro era 8º de EGB.